domingo, 25 de abril de 2010
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miércoles, 21 de abril de 2010
er-ou
I
martes, 13 de abril de 2010
domingo, 11 de abril de 2010
New soul

miércoles, 7 de abril de 2010
El precio de una sonrisa

Él era un hombre infeliz. Vivía en la oscuridad de la amargura, solo, sin nadie en quien confiar, oculto de las personas y sin rastro de alguna prehistórica sonrisa en su actual arrugado rostro. Salía de noche, cuando apenas los vagabundos podían divisarlo. Era frío, sólido, encorvado, de cabellera grasienta y revuelta, flaco hasta los huesos. Nunca nadie oyó de él, ni sabían de su existencia.
En uno de sus fallidos intentos de perseguir un pequeño destello de esperanza en la inmensa oscuridad, se sentó en unas gradas de un edificio antiguo. Los autos iban veloces por la calle, las personas pasaban sin notarlo. Quiso llorar, o eso creía su alma, pero las lágrimas no brotaban de sus ojos negros. Era increíble que un ser así aún tuviera algo con lo que se asemejaba a los otros; sentimientos y emociones. Escuchaba pasos y veía rostros sonrientes ¿Cómo era aquella emoción? ¿Qué se sentiría mostrar sus amarillentos dientes? ¿Qué era la felicidad? Ni un vago recuerdo se asomó en su memoria; nunca fue feliz.
Pateó una piedrita, le pegó fuerte y se quedó lejos. Nadie lo quería ni lo había querido alguna vez. Abrazado a la soledad, vio una sombra a lo lejos. Un hombre viejo, de su misma edad, se le acercaba con paso firme y decidido.
- Hombre ¿Qué haces solo a esta hora?
- ¿Me hablas a mí? – respondió.
- Claro que sí, hace frío. ¿Te gustaría una taza de té?
Era la oportunidad más cercana de establecer una conversación. Asintió con un bruto movimiento de cabeza y con pasos torpes caminó por la calle. Luego de pisar sobre baldosas de piedra, entró a una puerta de roble, astillosa y rústica. El amable viejo le sirvió una taza caliente de té.
- Así que, ¿qué hacías allí?
- Suelo ir de noche a observar cómo otros viven sin temores y sin tristeza.
- Eres melancólico, ¿eh? Ven, toma un sorbo más.
El hombre le hizo caso sin reprochar. Era tan cálido; era lo que más se parecía a un abrazo.
- Vengo a proponerte algo, un pacto conmigo ¿vale? Veo en tus ojos la desesperada ansiedad de tener un poco de felicidad, ¿o me equivoco? – El hombre asintió – Te daré lo que buscas pero a cambio tendrás menos tiempo de vida y tu alma será mía. Controlarás todo con este pequeño reloj de arena. La parte de arriba es el tiempo mientras que la de abajo es la felicidad. Cuanta más felicidad tengas, la arena bajará más rápido y tu tiempo se acabará. Debes ser cuidadoso, ¿aceptas?
Estaba embobado, fascinado. Sin pensar las consecuencias tomó el reloj y luego de un estallido, desapareció el viejo. Sonrió, inundado de alegría: ¡Iba a ser feliz por primera vez! Observó el reloj y vio cómo unos granitos bajaron y se tocó la cara; ¡estaba sonriendo sin lugar a dudas!
Era una mañana soleada, entraba una fresca brisa entre las persianas y el hombre yacía acurrucado en un cómodo colchón. Recordaba cada imagen nítidamente, no lo podía creer. Se vistió con sus mejores ropas, bajó las escaleras y salió a la calle. El sol le pegó directo a los ojos, se encandiló debido a la falta de luz en su vida pero luego sus pupilas se acostumbraron. El cielo era de un celeste que deseaba abrazarlo. Miró el reloj. Una sutil línea de granos se acumulaban en el fondo; no le importó.
Rápidamente pasaron los días y un universo de aventuras de felicidad le desbordaban el alma.
El miércoles no pudo ser más perfecto: compró flores, saludó a la vecina, un pequeño perro le saltó, lo dejaron pasar adelante y por último fue a un bar. Deleitó sus labios con la suave y espesa crema que se apoyaba sobre el café con leche. Le dio un mordisco a una galletita y se sintió completo. ¿Cómo fue que nunca se le habían ocurrido estas insignificantes pero importantes cosas para él? Le faltaba un mundo por descubrir; infinito, gigante, sorprendente. Miró el reloj, cada diez minutos; la arena bajaba más y más rápido.
Pasaban los días y perdió el interés en el reloj. Se entregó tanto al frenesí de la felicidad que la arena caía en grandes cantidades. ¿Qué hubiese sido de él sin aquel viejo? Le parecía un recuerdo lejano, pero el más preciado de todos. ¿Una vida larga y aburrida o una corta pero alegre, especial y excelente? El hombre no se arrepentía de lo hecho, cada vez agradecía más y más estar vivo.
Lo miró una muchacha, cantó una canción, dibujo un infantil león; y la arena bajaba. Miró fútbol, se compró una figurita, comió un caramelo y seguía bajando.
Sentía el vértigo del precipicio del reloj, faltaban pocos granos. Se desesperó, revolvió las cosas, se tomó con fuerza de su sedoso cabello, y pensó qué podría hacer. Sabía que llegaba el final. Recordó por segundos lo que había hecho y con una sonrisa en la cara, cayó un granito. Se tapó la boca, apretó los labios para no sonreír.
Miró por la ventana, estupefacto; la felicidad tenía un precio y él lo estaba por pagar. Soltó bronca de su interior, bronca de que durara tan poco. Pero entonces, recordó la sonrisa de la mujer y se dijo a sí mismo: todo valió la pena.
Por Marina Saporiti (tarea de taller de escritura del colegio).

